MI CEPILLO

Habíamos quedado a las nueve. Una hora antes estaba probándome todos los conjuntos de mi armario. La cama parecía un puesto de rebajas. Son de esos momentos que si me viera mi madre diría: pobre hija mía que no tiene ropa. Pues cuando tengo una cita importante el armario es nefasto. Al cabo de una eternidad encontré el look perfecto, toda de negro. Eso nunca falla. Y un estupendo conjunto interior, que grita a voces: voy a por todas.

Habíamos quedado en su casa. Llegué puntual. Me abrió la puerta con un beso. Uno de esos que te quitan la respiración. Cenamos, hablamos y bailamos. Nos reímos hasta llorar. Tomamos vino. En ese momento pensé, no creo que haya nada más que pueda culminar la noche. Pues me equivocaba y mucho. Después de varios meses de salir juntos, de compartir, llegó un momento decisivo en nuestra relación.

Me fui al baño a lavarme las manos y al segundo entró él. Sacó un cepillo de dientes del cajón para mí. En serio para mí, pensé. Aunque parezca un detalle sin importancia, la tiene. Es el comienzo de un quiero que tengas tu espacio en casa. Es un a lo mejor tenemos un futuro. Es un me preocupo por ti. Es un yo te cuido. Es un me importas.

La verdad, en ese momento me sentí como se siente una doncella del siglo XVIII, conquistando a su amado. Bueno en realidad no fue así, sentí un calor que me subía por la pelvis y lo empecé a desnudar. A besar. Ya te puedes imaginar el final. Con una sola palabra: culminante.

Un antes y un después.

Mi cepillo

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